DE MADRUGADA SE PIENSA MEJOR

De madrugada parece que las habilidades dialéctico-narrativas alcanzan su máximo común múltiplo, es como si las parquedades verbales se viesen relegadas a un último plano y todo el contenido de tus palabras se embelleciese con ávidas estructuras narrativas en armonía con la más sutil ironía. Es, para mi gusto, una hora pletórica de máxima lucidez mental.

Hablando de balances, de pensamientos profundos, de una anonadante respuesta que afirmaba poder controlar la profundidad de esos pensamientos, que defendía que con una ocupación constante no hay tiempo para análisis trascendentales no me quedó –en primera persona– más que abrumarme con tales confesiones ¿es posible controlar lo que piensas? ¡Jesús cuántos años desperdiciados en darle vueltas a asuntos que perfectamente podría haber aparcado en un baúl esperando a que la humendad y la polilla les desintegrase hasta el olvido…!

Ante tales revelaciones no pude evitar contestar de forma escéptica ateniéndome al contesto de la conversación online:

“entonces eres capaz de decidir la profundidad de tus análisis a tu antojo?? eso es anodino, soprendente, inusual, eso es realmente extraño. Si has dado con la forma de controlar tus pensamientos de forma racional, no tus actos sino tus pensamientos, de cortarlos cuando te cansan, ¡¡¡dímela!!! es más: ¡¡PATÉNTALA!! Estoy segurísima de que te forrarás sin tener que jugar a la lotería…plantéaselo al mundo como que el hecho de “pensar en profundidad no es recomendable y tú tienes la solución para evitarlo” y todos los profesionales de la psicología, terapeutas, psiquiatras y demás te darán un pulmón por tus hallazgos” –no sé si le darían el pulmón para difundir sus hallazgos o para enterrarlos de por vida y así mantener a salvo su actividad profesional, pienso ahora que releo el asunto–.

El caso es que es realmente curioso este argumento –aunque se caiga por su propio peso, ya que de todos es sabido que aparcar las cosas sin haberlas solucionado o ridiculizado hasta convencerte de que carecen de sentido es absurdo, pues pueden volver a resurgir multiplicadas exponencialmente y cual alud te entierran en un mar de nieve eternamente (quedaba muy bonito aquí “eternamente”, pero obviamente es hiperbólico, “un tiempo indefinido” hubiese sido más exacto). Bien, lo que decía, es curioso este argumento porque sencillamente es totalmente subjetivo su significado en función de la persona que lo plantee, piense o aplique, y es que aunque su veracidad completa es inexistente, sí lo es de forma parcial: hay quien dedica tiempo a analizar el porqué de las cosas –bien sean ajenas o propias– y hay quien prefiere mantenerse al margen porque analizar ¡requiere un gran esfuerzo! siempre beneficioso, pero no siempre placenteras son las conclusiones a las que llegas y aceptar que puedes hacer un balance negativo es duro y no todo el mundo está preparado para asumir pequeñas o grandes derrotas en su vida.

¿Quién ha dicho que “rallarse” es malo? Rallarse, rallarse, rallarse, es un concepto abstracto a mi entender, con mil millones de gradaciones. Si rallarse es analizar, rallarse es bueno. Si rallarse es darle excesivas vueltas a algo hasta que afecte a tu vida de forma incoherente con su significado inicial, es malo. Pero rallarte tratando de buscar sentidos ¡por dios, eso es loable! ahora sí, entendámonos, hay asuntos que no encontrarán sentido a través del razonamiento lógico, en esos casos buscar fórmulas mágicas es una pérdida de tiempo, la clave está en cuándo darse por vencido y aquí volvemos a enfocar la responsabilidad máxima en esa variable que supone la personalidad de cada uno de nosotros donde, en función de la misma, hay quien se vencerá muy pronto –generalmente alegando que “no le gusta rallarse”, aunque en múltiples casos mienta o lo que pretenda decir es que le asusta hacerlo– y hay quien tardará más en vencerse.

Curioso también es darte cuenta de que la inspiración no se busca, sino que se encuentra –dicen lo mismo del amor–.

oto: extraída del flickr de Emma Vázquez Costa (una de sus favoritas)]

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Whisky con hielo, muchacho

Abrió la puerta del local como si éste fuese su territorio: seguro, altivo. Saludó con un leve movimiento de cabeza a sus antiguos socios, pero no quiso acercarse, había hablado ya lo suficiente por esa jornada, ahora sólo buscaba encontrar un rincón solitario en la barra del bar que le transportase a un silencio mental entre el bullicio referencial.

Se sentó en la misma esquina de siempre, apoyó el antebrazo derecho en un pastoso mejunje de alcoholes variopintos y llamó a la camarera con la mano izquierda regalándole un guiño que sabía que agradecería. En dos minutos, Lola y sus enormes pechos se acercaron con una sonrisa: “¿Qué será hoy, muchacho?” “Whisky con hielo” “Hmm ¿no ha sido un buen día eh, muchacho?” ¡Dios, no paraba de repetir muchacho ! pero todos respetaban sus manías, su sonrisa, sus pechos y su generosidad con el alcohol equilibraban los pros y contras.

Tres horas y media más tarde el bar estaba desierto y Lola volvió a su esquina para recordarle el pésimo estado en el que se encontraba al tiempo que le arrastraba hasta la salida, soportando estoicamente sus babas de perdedor.

Así era él, un señor por la mañana, un mercader por la tarde y un perdedor antes del alba.

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dice la sabiduría intangible, pero innegable que…

Me veo capacitada para asegurar hoy, aquí y ahora –valga la redundancia conceptual– que existe una importante dosis de bárbara estupidez intríseca al género masculino. Se trata de una cualidad distintiva que divide al elenco de machos en dos variables resultado de una bifurcación imperceptible en su más tierna infancia, pero que, posteriormente, ya no tiene marcha atrás. Como decía eran dos las variables posibles que, posteriormente, convergen indiscutiblemente en un mismo punto de inflexión caracterizado por la cobardía máxima y el desconcierto por su propia estupidez, acallados por el miedo a no saber en qué mundo de los miles que se han inventado están en el preciso momento en el que se replantean lo vivido.

¿Decía…? Ah, sí! dos vertientes, sí, dos, dos: la una la de aquellos perritos enamorados o falazmente enamorados, apoyados en la estabilidad más cómoda y llenos de regalos sorpresa; y la otra la de aquellos señores recubiertos con capas ultragruesas de cabronismo máximo que viven en un mundo de indescriptible inconsciencia. Sin embargo, como decía… ¿decía, no? weno, ambos convergen en un punto de mentira circulante por sus venas: el amante finalmente acaba mintiendo a su amada a la que vuelve por miedo a la soledad, conformándose con lo conocido sea bueno, malo o menos malo, a favor de una tranquilidad vital y unas vueltecillas seguras;   el cabrón exagera su condición en aras de mantener ocultos los déficits que a sí mismo le resultan más cancerígenos, bien sea el miedo a demostrar que sabe querer por pánico a dejar de ser querido, bien sea su incapacidad natural para resultar coherente más de dos días consecutivos o quizás por estupor a sentir que ya no está en un altillo del recreo donde ver a los demás niños diez centímetros más arriba y sentir que tiene cualidades que le otorgan una superioridad imaginaria y falsa consuelo de quien la busca y no la encuentra.

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fracasos con aroma a café

Los infortunios de la vida no le dieron nunca un respiro.

Se consideraba autosuficiente, pero nunca dejó de necesitar una muestra de cariño periódica, como un chute de seguridad a la que se había vuelto adicta.

Sabía que rozaba la rareza médica, que por momentos podía parecerse a ese lobo estepario aislado y reacio al mundo, pero otras era la personificación de la sociabilidad de la alegría y el buen humor. Cualquiera podría haber explicado esto como la necesidad de intimidad presente en todas las personas, pero ella sabía que no era tan simple, que todo era mucho más complicado que una simpleza como esa, le habían repetido tantas veces su atributo distintivo de complejidad que ya no concebía que su ser fuese normal, sino algo extraño envuelto en papel corriente.

Y un día tuvo ganas de soltar por esa boquita todo lo que sentía y se lanzó al asunto llena de vitalidad y seguridad en los contenidos que iba a argumentar, sin dejarse intimidar por la expresión o las palabras de nadie. Pero cuando llegó el momento se vio retroceder a sí misma, acallándose las palabras de las que tan certeramente era seguidora y se volvió a casa, a su montaña solitaria, para degustar un café helado mientras pensaba en su fracaso e imaginaba cómo hubiese sido la victoria.

[foto:Emma Vázquez Costa]

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11 de Julio de 2010

Efectivamente pasamos calor, buscamos posiciones donde los árboles no nos cortasen la pantalla desde un lateral porque entrar al centro era prohibitivo. Finalmente encontramos EL SITIO. 0-0 dios mío y prórroga! Dolor de espalda. Seguía haciendo mucho calor. Bajón de tensión y gente que te hace volver a ceer en la bondad y la disponibilidad de la raza humana.

-Viene el Samur

-Nooo!! ved el partido que yo me pongo bien, vedlooo!!!

Salen sonrisas de los allegados –lo veía desde un ángulo contrapicado–.

-Si marcan te prometo que nos enteramos

-Gracias muchísimas gracias, de verdad, gracias. –se acerca un cámara– que no me grabe eh! por favor!

Llega el SAMUR.

-Ya estoy bien, lo siento muchísimo

- (sonríe) No te preocupes, así es mucho mejor, venimos aquí, te vemos, hablamos contigo, nos reímos y nos vamos

- Es que hace calor

-Claro que hace, bonita, pues ya sabes, bebe mucho, ¿vale?

- Sí, muchas gracias.

-ai ai ai ai aaaai.

De un salto para arriba…sólo un susto, uno más, y al final, casi finalísimo llega Iniesta y nos devuelve la sonrisa y nos fundimos en abrazos con gente desconocida y es que somos CAMPEONEEES y todo era lícito una vez había resucitado ya.

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calor, tabaco y cafeína

Hacía calor, hacía mucho calor. La estaticidad de las cortinas era intimidante, ni una sola brisa amainaba el ardor en su piel. Igualmente, a sabiendas de que era como encender una nueva hoguera a su vera, prendió un cigarrillo, el último.

Dirigió su mirada al cielo esperando encontrarse con alguien que le diese conversación, pero sólo encontró unos agresivos rayos de sol que desfiguraron su expresión obligándola a retirar la mirada.

Estaba harta de esa sensación de incomodidad impaciente y pringosa.

Un día más esperó a que pasasen las horas dando paseos por entre los recovecos de un piso ridículamente pequeño para su precio. Miraba el móvil de forma periódica y constante, pero entre las llamadas perdidas y los mensajes no había ninguno de quien esperaba. Las paredes comenzaban a caérsele encima y sintió una nueva sensación de claustrofobia ardiente. Se visitó para salir a la calle y respirar un aire no más limpio, ni más fresco, ni más reafirmante, sino solamente diferente.

Cuando volvió a casa, ésta parecía haber crecido en tamaño. Se preparó un café con hielo, sabía que la cafeína no sería su mejor aliada, pero no pretendía ser responsable, ni cautelosa, ni prudente, nadie se lo exigía, ni ella misma. Puso música en modo loud máximo y comenzó a cantar a viva voce mientras hacía aspavientos que podían parecerse a un baile muy personal, entró en un calor enfermizo y se sacó la camiseta mientras seguía moviéndose hasta que cayó exhausta en el sofá individual, el color azul.

Los vecinos del edificio de enfrente la miraban entre curiosa gracia y asombro mientras pasaba el día sin llamadas que cambiasen su rutina entre la cordura y la locura de su cabecita inestable.

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La suerte es un placebo que puede llegar a alterar la conducta condicionando nuestras vidas y, sin embargo, esa suerte es circunstancial, una larga cadena de acontecimientos entrelazados que determinan el rimo de las cosas.
(Paco Roca)

aquella llamada a deshoras que nunca llegó, convirtió lo difícil en imposible

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